DVD 82 mins IMDB
¡A mí la legión!
 (1942)
In Collection
#335

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Drama
Spain  /  Spanish

Manuel Arbó
Fortunato Bernal
Fred Galiana
Rufino Inglés
Manuel Luna
Arturo Marín
Alfredo Mayo
Luis Peña
Miguel Pozanco
Pilar Soler

Director Juan de Orduña
Writer Raúl Cancio; Jaime García Herranz

Allá por tierras africanas, en un mismo destacamento de la Legión (la 4ª Bandera), el Grajo, sin duda el legionario de más reconocido valor, y Mauro, recién incorporado al mismo, unen su mutuo aprecio y su amistad. Este, en efecto, hace poco tiempo que presta servicio como legionario, y, sin más pasado conocido que su nombre, algo extraño se advierte en él, como si tras su personalidad se escondiera alguna intrigante circunstancia. Un dia en que ambos se divierten, acompañados de Leda y Curro, acaece un desafortunado hecho que se traduce en la muerte de un hombre. Los indicios acusan a Mauro del asesinato, y como tal se le juzga. No obstante, las investigaciones de el Grajo le llevan a descubrir al verdadero culpable de tan cruel acción: un judío con fama de intransigente usurero.

Prototipo del cine de "exaltación de los eternos valores militares" tan típicos en la posguerra.

Edition Details
Region Region 1
Release Date 2003
Nr of Disks/Tapes 1
Personal Details
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Notes
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Juan de Orduña, cineasta
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En el año 1902, nació en Madrid Juan de Orduña, un ser que tuvo la dicha de
pertenecer a una familia acomodada a la que, sin embargo, daría algún que
otro quebradero de cabeza. Para empezar, siendo niño, tiene algún que otro
flirteo con el teatro. Para seguir, estudia sin éxito la profesión de papá
(Ingeniería de Caminos) y decide matricularse y aburrirse en Derecho,
carrera que deja a medio acabar. Para terminar, el joven muchacho no puede
dejar de recordar su experiencia como actor de teatro infantil: por tanto,
ve en la interpretación su futuro. Como de tonto no tenía un pelo, se dedica
a frecuentar ciertos círculos donde leer sus poemas de producción propia,
llamando la atención de Jacinto Benavente y Ricardo Calvo, quienes le
invitan en 1923 a que como actor se integre en la compaía Thuiller-Pino.

Un año después, Orduña debuta en el cine con la ambiciosa producción 'La
casa de la Troya' (A. Pérez Lugin y M. Noriega, 1924), convirtiéndose en
todo un galán del cine patrio. Si siempre se caracterizó por ser bastante
coqueto (en sus años maduros llevará peluquín), no quiero ni imaginar lo que
significaría para él ser proclamado en 1928 la primera "star" masculina por
votación popular en una publicación dedicada al mundo del celuloide. Pero
retrocedamos un poco hasta el mismo año de su debut cinematográfico, porque
al joven mozo ambición no le faltaba y creó su propia productora, Goya Film,
con la que financió películas de otros directores en las que ejercía de
protagonista ('La Revoltosa' de Florián Rey en 1924, 'Boy' de Benito Perojo
en 1925, que supuso su consagración definitiva como actor). En el año 1927,
decide probar suerte con la dirección en 'Una aventura de cine', sobre un
relato de Wenceslao Fernández Flórez, pero la experiencia no le gustó en
absoluto y prefirió seguir disfrutando de su fama de galán hasta el final de
la Guerra Civil en títulos como 'El misterio de la Puerta del Sol'
(Francisco Elías, 1929, primer film sonoro español en el que, por supuesto,
Orduña tenía que figurar), 'Nobleza baturra' (Florián Rey, 1935) o 'La
gitanita' (Fernando Delgado, 1940).

Y llegamos al año 1941, cuando Juan de Orduña decide que ya va siendo hora
de retomar seriamente su carrera como director y guionista por las oscuras
aguas del cine español, fundando la productora POF, con la que realizará
quince títulos, el primero de los cuales fue 'Porque te ví llorar', un
tremebundo melodrama sobre una pobre chica violada -cómo no- por un rojo que
encuentra comprensión, consuelo y amor -cómo no- en un hombre del bando
contrario. La historia prometía, pero causó cierto escándalo en la España de
la época, ya que el romance que en ella se narra estuvo protagonizado nada
menos que por los hermanos Luis y Pastora Peña. Está claro que Juan de
Orduña tenía que hacerse notar tarde o temprano. Al año siguiente, en 1942,
rueda una de las películas más exitosas de la década, el melodrama castrense
'¡A mí la legión!', loa al sentido del honor, la amistad y la camaradería,
pero también al heroísmo individual demostrado en una causa justa: ¡España!.
Sin embargo, este título similar y distinto -pero en todo caso superior- a
otros del estilo ('Harka', 'Raza'...), pese a demostrarnos que la dignidad
de un legionario siempre está fuera de toda duda, destaca por su solidez
narrativa, por anteponer claramente el entretenimiento sobre el machaconeo
patriotero, y por no disimular no pocos atisbos homosexuales. El film de
Orduña se atreve incluso a realizar apuntes sobre el carácter excesivamente
arrogante e incluso despótico del legionario. No obstante, su inequívoca
intencionalidad no deja lugar a dudas.

Tras otro melodrama, 'El frente de los suspiros' (1942), Orduña cambia de
tercio y rueda cuatro comedias basadas en el modelo hollywoodense cuyo
argumento no constituye novedad o sorpresa alguna (más bien banalidad,
sensación de "déja vu" y tópicos) pero que destacan por su notable acabado y
por demostrar que un director de alma melodramática como él era capaz de
desenvolverse sin problemas en un género completamente opuesto
('Deliciosamente tontos' y 'Tuvo la culpa Adán' en 1943, 'Ella, él y sus
millones' -la mejor del cupo- y 'Yo no me caso' -la más sosa- en 1944).
Después de 'Misión blanca' (1945), rodó la curiosísima 'Un drama nuevo'
(1946), un notable y sólido melodrama de época con flecos intelectuales que
tenía como protagonistas nada menos que a Shakespeare y su compañía teatral.

Una vez que Juan de Orduña se auto-purgó rodando una espantosa especie de
publi-reportaje musical sobre una España ideal que solo existía en las
calenturientas mentes gubernamentales, 'Serenata española' (1947), acomete
la primera cumbre de su obra cinematográfica bajo los auspicios de una moda
historicista con la que se pretendía ejemplificar y exaltar el discurso
franquista: 'Locura de amor' (1948), un proyecto arrinconado durante algún
tiempo en Cifesa por desconfiar de sus posibilidades comerciales que
finalmente dio lugar a una película que convierte la enajenación de Juana la
Loca en una tragedia sobre el deseo no correspondido, un drama pasional en
el que la irracionalidad y los celos convierten la vida diaria de una mujer
en un auténtico via crucis. La recreación de la pintura decimonónica del
maestro Padilla, la glorificación de cierta estética nacional-popular y la
creativa, barroca, exagerada, teatral y en definitiva magistral puesta en
escena del director realzada con mayestáticos movimientos de cámara -que
alcanzarán la apoteosis en el famoso travelling de Doña Juana entrando en la
catedral de Burgos mientras un palaciego proclama sus honores- dieron lugar
a una película fascinante que ocupa un lugar importante en la historia del
cine español, al igual que 'Agustina de Aragón' (1950), con su antológico y
agresivo comienzo en el que vemos a la heroína desencajada defendiendo sus
posiciones al frente de un cañón, y sobre todo 'Pequeñeces' (1949), sin
lugar a dudas la obra maestra de Juan de Orduña, el Melodrama por excelencia
del cine español y en mi opinión una de las diez mejores películas de
nuestra cinematografía. A partir de la novela homónima del padre Coloma,
asistimos a la historia de la condesa de Albornoz, una ambiciosa e
irrefrenable mujer dispuesta a lo que sea para triunfar y ser alguien en los
altos círculos sociales a los que pertenece. Esposa de un marido medio
idiota, madre de un hijo al que desatiende y enamorada de un apuesto galán
metido en problemas a causa de unos documentos que no debió haber vendido y
que le cuestan la vida en una memorable escena nocturna durante un carnaval,
Curra Albornoz será sin embargo castigada con otra muerte: la de su hijo...
que al final, en voz en off, la reconfortará diciéndole que en el cielo hay
una fiesta porque "vuelve a ser buena". A pesar de esta moralista
conclusión, Curra es una auténtica y valiente heroína durante toda la
película y a través de sus ambiciones, de sus deseos, de sus maquinaciones,
de las intrigas que promueve, se muestra más sincera, más real, más
transparente y menos monstruosa que las personas de su entorno. Como es
lógico y como ya hemos señalado, este comportamiento debía ser
inevitablemente penalizado de cara al público y a la censura, lo que sin
embargo no resta un ápice de genialidad a este grandísimo melodrama lleno de
maravillosos momentos, como aquél en que Curra organiza una cena para
curarse en salud de las habladurías que provoca el asesinato de su amante y
sufre el plantón de su círculo de amistades. Aurora Bautista fue la
protagonista de 'Locura de amor', 'Pequeñeces' y 'Agustina de Aragón', dando
vida a un prototipo de mujer inusual hasta entonces en el cine español que
se erige "en un ser deseante, frontalmente enfrentado a la convención sexual
de la época". La exageración de sus gestos (que sobredimensionan aún más los
enfáticos y literarios diálogos), la violencia de su actuación y en
definitiva su arrolladora y animal presencia contribuyeron decididamente a
la mítica que rodea a estas películas, por las que se pasearon actores de la
categoría de Jorge Mistral, Fernando Rey, Sara Montiel (a la que Orduña
descubrió y arrancó eficaces interpretaciones cuando aún no se le caía el
coño al hablar), Jesús Tordesillas, Juan Espantaleón, Manuel Arbó, María
Asquerino, Félix Fernández, Lina Yegros, Carmen de Lucio, Guillermo Marín o
Nicolás Perchicot, sin olvidarnos del gran director artístico Sigfrido
Burmann, de José Fernández Aguayo al frente de la fotografía o de uno de los
más grandes compositores del cine español, el maestro Juan Quintero, cuya
partitura para 'Pequeñeces' constituye una joya de incalculable valor.

Después de 'Agustina de Aragón', Orduña estaba dispuesto a continuar sacando
partido al filón del género histórico, y en 1951 rodó otras dos muestras:
'La leona de Castilla', protagonizada por Amparo Rivelles, esta vez con
menor fortuna, y 'Alba de América' (1951), hagiografía de Cristobal Colón
donde solo cabe destacar la labor de Orduña como director, pues en este caso
la travestización de la historia no salió bien y el tono descaradamente
propagandístico se impuso sobre el personaje y el material que tenía entre
manos. Y no solo eso: 'Alba de América' provocó tal descalabro económico que
supuso el principio del fin de Cifesa, al igual que el de su director, el
cual llegó a ser incluso acusado de la catástrofe: tres años de castigo le
costará el desaguisado, regresando con dos modestos pero muy personales
proyectos: la dignísima, competente y arrebatada adaptación de la novela de
Blasco Ibáñez 'Cañas y barro' (1954), y 'Zalacaín el aventurero' (1954), una
de las raras ocasiones en que una obra de Pío Baroja -que aparece en la
película- ha sido llevada a la gran pantalla, en este caso con resultados
parcialmente logrados: el natural barroquismo orduñiano, su singular sentido
de la puesta en escena y sus toques líricos se revelaron insuficientes para
levantar con soltura la difícil empresa. Tras otro nuevo parón de tres años
realizó 'El último cuplé' (1957), modélica y clásica obra que conoció un
éxito extraordinario, que relanzó a una prácticamente olvidada Sarita
Montiel (a pesar de sus devaneos hollywoodianos), que inauguró el subgénero
musical dedicado al cuplé (erigiéndose, con diferencia, como su mejor y más
interesante exponente) y que, en definitiva, supone una sólida, emotiva y
grata despedida de su talentosa contribución al maravilloso género del
melodrama. Estos tres títulos serían los últimos destacables de su
filmografía: la década de los sesenta significó para Orduña una penosa
decadencia, dando lugar a una serie de películas que nada añadían a su
gloria... sino más bien todo lo contrario. Intentó revivir con escaso éxito
el espíritu de sus films históricos en 'Teresa de Jesús' (1961), de nuevo
protagonizada por Aurora Bautista; trató de acercarse equivocadamente a la
juventud de la época con la anodina 'Bochorno' (1962); deambuló desorientado
como si de repente se hubiera convertido en un neófito, en un triste don
nadie sin importancia, acogiéndose a la coyuntura de la moda
spaguetti-western ('Abajo espera la muerte', 1964) o del cine de espías y
superagentes ('Jerry Land, cazador de espías' en 1965 o 'Anónima de
asesinatos' en 1966), y se refugió en inútiles y apolillados remakes
('Nobleza baturra', 1965). De todas formas y como si opusiera resistencia a
su imparable declive, aún tuvo tiempo de demostrar su saber hacer en una
afortunada serie de zarzuelas realizadas para Televisión Española entre 1967
y 1969.

Antes de su muerte, en 1974, rodó sus dos películas más, las únicas de la
década de los setenta: 'La tonta del bote' (1970), remake de la obra del
mismo nombre dirigida en 1939 por Gonzalo Delgrás, especie de sensiblera
Cenicienta a la española que aun siendo quizás el mejor vehículo de
lucimiento para Lina Morgan se revela como una tópica e intrascendente
comedia con toques melodramáticos que se deja ver. La obra póstuma de Juan
de Orduña, a la mayor gloria de Manolo Escobar, fue 'Me has hecho perder el
juicio' (1973), un broche final indigno en la filmografía de quien tres
décadas antes había sido uno de los grandes directores del cine español,
poseedor de una arrolladora personalidad y de un gran talento creativo que
había regalado a una cinematografía tan endeble y desaprovechada como la
nuestra algunos de sus mejores exponentes.

No sé qué más decir acerca de Juan de Orduña... No sé cómo despedirme de él
en este sincero homenaje que le estoy tributando. Si acaso, quisiera darle
las gracias por ayudarme a penetrar en las sendas más descocadas del
melodrama, a comprender y a amar más si cabe a este maravilloso género del
exceso al que tanto debo y tanto quiero. A modo de apoteosis onanista, me
quedo con las siguientes y certeras palabras de Jose Luis Téllez sobre su
persona: "Cineasta de vocación multitudinaria, su franqueza y fortuna para
insertarse en la tradición popular, su inventiva para la metáfora visual, su
seguridad en el movimiento de masas, su exaltada teatralidad operística y su
intensidad expresiva, aunque no sean constantes a lo largo de tan copiosa
obra, hacen de él uno de los directores más personales del cine español,
cuyos mejores momentos poéticos prefiguran a autores como Daniel Schmidt,
Werner Schröeter o Hans- Jürgen Syberberg". Juan de Orduña, cineasta.

Franz Biberkopf